La voz que había llamado su atención era la del reverendo y famoso John Wilson, el clérigo de más edad de Boston, un gran erudito, como la mayoría de sus contemporáneos en la profesión, y además un hombre de espíritu bondadoso y afable.
Este último atributo, sin embargo, había sido desarrollado con menos esmero que sus dotes intelectuales y era, en verdad, más motivo de vergüenza que de autocomplacencia para él. Allí estaba, con una cenefa de mechones entrecanos bajo su casquete; mientras sus ojos grises, acostumbrados a la luz penumbrosa de su estudio, parpadeaban, como los del infante de Hester, bajo la luz del sol sin adulterar.
Parecía uno de esos retratos grabados en tonos oscuros que vemos en las páginas iniciales de los viejos volúmenes de sermones; y no tenía más derecho que el que tendría uno de aquellos retratos a dar un paso al frente, como lo hacía ahora, eインmiscuirse en una cuestión de culpa, pasión y angustia humanas.
—Hester Prynne —dijo el clérigo—, he forcejeado con mi joven hermano aquí presente, bajo cuya predicación de la palabra has tenido el privilegio de sentarte —aquí el señor Wilson puso la mano