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nydus/The Scarlet LetterPublic
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La aduana

A menos que la gente sea más desagradable de lo común, tengo la costumbre necia de encariñarme con ella. La mejor parte del carácter de mi compañero, si es que tiene una mejor parte, es la que suele sobresalir en mi consideración y constituye el modelo por el cual reconozco al hombre. Como la mayoría de estos viejos funcionarios de la aduana tenían buenos rasgos, y como mi posición respecto a ellos, al ser paternal y protectora, favorecía el surgimiento de sentimientos amistosos, pronto llegué a quererlos a todos. Era agradable, en las mañanas de verano —cuando el calor ferviente, que casi licuaba al resto del género humano, apenas comunicaba una calidez benigna a sus organismos semiletárgicos—, era agradable oírles charlar en el zaguán trasero, sentados en fila y con las sillas inclinadas contra la pared, como de costumbre; mientras los ingenios congelados de generaciones pasadas se descongelaban y brotaban con risas burbujeantes de sus labios. Exteriormente, la alegría de los hombres ancianos tiene mucho en común con el júbilo de los niños; el intelecto, al igual que un profundo sentido del humor, tiene poco que ver con el asunto; en ambos casos, es un destello que parpadea en la superficie y confiere un aspecto soleado y risueño tanto a la rama verde como al tronco gris y carcomido. En un caso, sin embargo, es auténtica luz solar; en el otro, se asemeja más al fulgor fosforescente de la madera en descomposición.

Sería una triste injusticia, debe comprender el lector, representar a todos mis excelentes viejos amigos como si estuvieran en su infancia tardía. En primer lugar, mis coadjutores no eran invariablemente ancianos; había entre ellos hombres en su fuerza y plenitud, de notable capacidad y energía, y netamente superiores al modo de vida perezoso y dependiente al que sus malos hados los habían arrojado. Además, a veces se descubría que las blancas guedejas de la edad eran el techo de una vivienda intelectual en buen estado.

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