En casa, dentro y en los alrededores de la cabaña de su madre, Pearl no deseaba un círculo amplio y variado de conocidos. El hechizo de la vida emanaba de su espíritu siempre creador y se comunicaba a mil objetos, como una antorcha enciende una llama doquier que se aplique. Los materiales más improbables —una vara, un puñado de harapos, una flor— eran los títeres de la brujería de Pearl y, sin sufrir ningún cambio exterior, se adaptaban espiritualmente a cualquier drama que ocupara el escenario de su mundo interior. Su única vocecita de niña servía a una multitud de personajes imaginarios, ancianos y jóvenes, para conversar. Los pinos, añosos, negros y solemnes, que lanzaban gemidos y otras expresiones melancólicas a la brisa, necesitaban poca transformación para figurar como ancianos puritanos; las hierbas más feas del jardín eran sus hijos, a quienes Pearl abatía y arrancaba de raíz, sin la menor piedad.
Era maravilloso ver la vasta variedad de formas en las que volcaba su intelecto, sin continuidad en verdad, sino lanzándose hacia arriba y danzando, siempre en un estado de actividad sobrenatural, para luego hundirse enseguida, como agotada por una marea de vida tan rápida y febril, y siendo sucedida por otras figuras de una energía igualmente salvaje. No se parecía a nada tanto como al juego fantasmagórico de las auroras boreales.
En el mero ejercicio de la imaginación, sin embargo, y en la jovialidad de una mente en crecimiento, tal vez no hubiera mucho más de lo observable en otros niños de facultades brillantes; excepto en cuanto que a Pearl, debido a la escasez de compañeros de juego humanos, se la arrojaba en mayor medida hacia la multitud visionaria que ella misma creaba. La singularidad radicaba en los sentimientos hostiles con los que la niña contemplaba todos estos vástagos de su propio corazón y mente. Nunca creaba un amigo, sino que parecía estar sembrando siempre a voleo los dientes de dragón, de los cuales surgía una cosecha de enemigos armados, contra los cuales se lanzaba a la batalla.