ciertamente, nos hemos redimido el uno al otro con toda esta desgracia! ¡Miras muy lejos en la eternidad con esos ojos brillantes y moribundos! Dime entonces, ¿qué ves?
—¡Silencio, Hester, silencio! —dijo él, con una solemnidad temblorosa—. ¡La ley que quebrantamos! ¡El pecado aquí revelado de manera tan terrible! ¡Que solo esto ocupe tus pensamientos! ¡Temo! ¡Temo! Puede ser que, cuando olvidamos a nuestro Dios, cuando vulneramos nuestra reverencia mutua por el alma del otro, fuera desde entonces vano esperar que volviéramos a encontrarnos en el más allá, en una reunión eterna y pura. ¡Dios lo sabe; y Él es misericordioso! Ha demostrado su misericordia, sobre todo, en mis aflicciones. ¡Dándome este suplicio ardiente que llevar sobre el pecho! ¡Enviando a ese oscuro y terrible viejo de allá, para mantener el suplicio siempre al rojo vivo! ¡ Trayéndome aquí, para morir esta muerte de ignominia triunfante ante el pueblo! De haber faltado cualquiera de estas agonías, ¡se habría perdido mi alma para siempre! ¡Alabado sea su nombre! ¡Hágase su voluntad! ¡Adiós!