el momento en que el reverendísimo señor Dimmesdale así conversaba consigo mismo y se golpeaba la frente con la mano, se dice que iba pasando la anciana Mistress Hibbins, la reputada bruja. Tenía un aspecto muy grandioso; llevaba un tocado alto, un rico vestido de terciopelo y una gorguera almidonada con el famoso almidón amarillo cuyo secreto le había enseñado Ann Turner, su amiga íntima, antes de que esta última buena señora fuera ahorcada por el asesinato de sir Thomas Overbury. Haya adivinado o no la bruja los pensamientos del ministro, se detuvo por completo, lo miró con astucia, sonrió socarronamente y —aunque poco dada a conversar con eclesiásticos— inició una conversación.
—Así que, reverendo señor, ha hecho usted una visita al bosque —observó la mujer bruja, inclinándole su elevado tocado—. La próxima vez, le ruego que me avise con la debida antelación, y estaré orgullosa de hacerle compañía. ¡Sin echarme demasiadas flores, mi buena recomendación servirá de mucho para granjearle a cualquier caballero forastero una buena acogida por parte de ese potentado de ahí que usted bien conoce!