—¿Me dejarás en paz si te lo digo una vez?— preguntó su madre.
—Sí, si me lo cuentas todo —contestó Pearl.
—¡Una vez en la vida me encontré con el Hombre Negro! —dijo su madre—. ¡Esta letra escarlata es su marca!
Así conversando, penetraron lo suficientemente hondo en el bosque como para ponerse a salvo de la observación de cualquier transeúnte ocasional por el sendero forestal. Aquí se sentaron sobre un frondoso montón de musgo que, en alguna época del siglo precedente, había sido un pino gigantesco, con las raíces y el tronco en la sombría penumbra y la copa en lo alto, en la atmósfera superior. Era un pequeño valle donde se habían sentado, con un talud cubierto de hojas que ascendía suavemente a ambos lados, y un arroyo que fluía por el medio, sobre un lecho de hojas caídas y sumergidas. * Los árboles que se inclinaban sobre él habían arrojado grandes ramas, de vez en cuando, que atascaban la corriente y la obligaban a formar remolinos y profundidades negras en algunos puntos; * mientras que, en sus tramos más rápidos y animados, aparecía un cauce de guijarros y arena parda y chispeante. Dejando que los ojos siguieran el curso del arroyo, podían captar la luz reflejada en su agua, a poca distancia dentro del bosque, pero pronto perdían todo rastro de ella en medio del desconcierto de troncos y maleza, y aquí y allá una roca enorme cubierta de líquenes grises. > Todos estos árboles gigantescos y peñascos de granito parecían empeñados en rodear de misterio el curso de este pequeño arroyo; temiendo, tal vez, que, con su incesante loquacidad, susurrara historias salidas del