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nydus/The Scarlet LetterPublic
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III. The Recognition

“¡Ella no hablará!”, murmuró el señor Dimmesdale, quien, asomado al balcón y con la mano sobre el corazón, había aguardado el resultado de su súplica. Ahora se retiró con un largo suspiro. “¡Admirable fuerza y generosidad del corazón de una mujer! ¡Ella no hablará!”.

Al discernir el estado impracticable de la mente del pobre reo, el anciano clérigo, que se había preparado cuidadosamente para la ocasión, dirigió a la multitud un discurso sobre el pecado, en todas sus ramas, pero con continuas referencias a la ignominiosa letra.

Con tanta fuerza insistió en este símbolo, durante la hora más o menos en que sus períodos resonaban sobre las cabezas de la gente, que este adquirió nuevos terrores en su imaginación y pareció derivar su tono escarlata de las llamas del abismo infernal.

Hester Prynne, mientras tanto, mantuvo su lugar sobre el pedestal de la ignominia, con los ojos vidriosos y un aire de cansada indiferencia. Había soportado, aquella mañana, todo lo que la naturaleza podía resistir; y como su temperamento no era de los que escapan del sufrimiento demasiado intenso mediante un desmayo, su espíritu solo pudo guarecerse bajo una costra pétrea de insensibilidad, mientras las facultades de la vida animal permanecían intactas.

En este estado, la voz del predicador tronaba sin piedad, pero en vano, en sus oídos. El infante, durante la última parte de su suplicio, desgarró el aire con sus lamentos y gritos; ella se esforzó por callarlo, mecánicamente, pero parecía apenas condolerse de su tribulación.

Con el mismo rudo talante, fue conducida de vuelta a la prisión y se desvaneció de la mirada pública tras su portal reforzado con hierro. Se rumoreaba, entre quienes la atisbaron, que la letra escarlata arrojaba un fulgor siniestro a lo largo del oscuro pasadizo del interior.

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