Pero, a pesar de esta apariencia exterior, este último estaba casi convencido de que el anciano sabía —o al menos sospechaba con seguridad— lo relativo a su propia entrevista con Hester Prynne. El médico sabía entonces que, ante los ojos del ministro, ya no era un amigo de confianza, sino su más acérrimo enemigo. Sabiéndose esto, parecería natural que una parte de ello se expresara en palabras. Es singular, sin embargo, cuánto tiempo pasa a menudo antes de que las palabras den cuerpo a las cosas; y con cuánta seguridad dos personas que eligen evitar un determinado tema pueden acercarse a su mismísimo borde y retirarse sin perturbarlo. Así, el ministro no sintiera ningún temor de que Roger Chillingworth abordara, con palabras explícitas, la verdadera posición que ambos mantenían el uno respecto al otro. Con todo, el médico, a su oscura manera, se acercó de un modo espantoso al secreto.
—¿No sería mejor —dijo él— que hagáis uso de mi pobre habilidad esta noche? En verdad, estimado señor, debemos esmerarnos para poneros fuerte y vigoroso de cara a esta ocasión del discurso electoral.
El pueblo espera grandes cosas de vos; temiendo que llegue otro año y se halle sin su pastor.
—Sí, a otro mundo —respondió el ministro, con piadosa resignación—. ¡Dios quiera que sea mejor; pues, a decir verdad, dudo mucho permanecer con mi grey durante el transcurso de otro año! Mas, en cuanto a vuestra medicina, buen señor, en mi actual estado físico, no la necesito.
—Me alegra oírlo —respondió el médico—. Puede ser que mis remedios, administrados durante tanto tiempo en vano, comiencen ahora a surtir el efecto debido. ¡Hombre afortunado sería, y muy merecedor de la gratitud de Nueva Inglaterra, si pudiera lograr esta cura!