hacía imperiosa —cuando brotaba de manera incontenible hacia arriba— cuando asumía su máxima amplitud y potencia, colmando tanto la iglesia que se abría paso a través de los muros sólidos y se diseminaba en el aire libre—, aun así, si el oyente prestaba mucha atención y con ese propósito, podía percibir el mismo grito de dolor. ¿Qué era? El lamento de un corazón humano, cargado de dolor, tal vez culpable, que contaba su secreto, ya fuera de culpa o de pesadumbre, al gran corazón de la humanidad; implorando su simpatía o su perdón —a cada instante— en cada acento—, ¡y jamás en vano! Era este profundo y continuo murmullo de fondo el que confería al clérigo su poder más idóneo.
Durante todo este tiempo, Hester permaneció, como una estatua, al pie del cadalso. Si la voz del ministro no la hubiera retenido allí, habría existido, no obstante, un magnetismo inevitable en aquel lugar, a partir del cual databa la primera hora de su vida de ignominia.
Había en su interior un sentimiento —demasiado difuso para convertirse en pensamiento, pero que pesaba gravemente sobre su mente— de que toda su órbita vital, tanto antes como después, estaba conectada con este lugar, como con el único punto que le otorgaba unidad.
La pequeña Perla, entre tanto, se había apartado del lado de su madre y jugaba a su antojo por la plaza del mercado. Con su fulgor errante y brillante alegraba a la multitud sombría; al modo en que un pájaro de plumaje luminoso ilumina todo un árbol de follaje oscuro al revolotear de aquí para allá, medio visto y medio oculto en la penumbra del ramaje espeso. Tenía un movimiento ondulatorio pero, a menudo, brusco e irregular. Denotaba la vivacidad inquieta de su espíritu, el cual hoy bullía infatigable al doble en su danza de puntillas, estimulado y vibrando por la inquietud de su madre.