El antiguo Topógrafo—habiendo sido poco molestado, supongo, en aquella época temprana, por asuntos pertenecientes a su cargo—parece haber dedicado muchas de sus horas de ocio a investigaciones como anticuario local, y a otras indagaciones de naturaleza similar. Estas proveyeron material de menuda actividad a una mente que, de otro modo, se habría consumido por la herrumbre. Una parte de sus datos, a propósito, me sirvió de gran ayuda en la preparación del artículo titulado «Main Street», incluido en el presente volumen. El resto tal vez pueda aplicarse en el futuro a fines igualmente valiosos; o no es imposible que se elabore con ellos, hasta donde alcancen, una historia formal de Salem, si alguna vez mi veneración por el suelo natal me impulsa a tan piadosa tarea. Entre tanto, quedarán a disposición de cualquier caballero, inclinado y competente, que quiera quitarme de las manos esa labor poco lucrativa. Como destino final, pienso depositarlos en la Sociedad Histórica de Essex.
Pero el objeto que más llamó mi atención en aquel misterioso paquete fue cierto artículo de fino paño rojo, muy usado y descolorido. Conservaba vestigios de bordados de oro que, sin embargo, estaban muy deshilachados y estropeados, por lo que no quedaba apenas rastro de su brillo. Había sido confeccionado, como era fácil percibir, con una habilidad de costura admirable; y la puntada (según me aseguran damas entendidas en tales misterios) da testimonio de un arte hoy olvidado, imposible de recuperar ni siquiera mediante el proceso de descoser los hilos. Este jirón de paño escarlata —pues el tiempo, el uso y una polilla sacrílega lo habían reducido poco menos que a un andrajo—, tras un