De padre a hijo, durante más de un siglo, siguieron al mar; un capitán de cabellos grises, en cada generación, se retiraba del puente de mando a la casa solariega, mientras un muchacho de catorce años ocupaba el puesto hereditario ante el mástil, enfrentando la espuma salada y el vendaval que habían soplado contra su padre y su abuelo.
El muchacho, a su debido tiempo, también pasó del sollado a la cámara, vivió una juventud tempestuosa y regresó de sus peregrinaciones por el mundo para envejecer, morir y mezclar su polvo con la tierra natal.
Esta larga conexión de una familia con un solo lugar, como su cuna y su sepultura, crea un parentesco entre el ser humano y la localidad, totalmente independiente de cualquier encanto en el paisaje o de las circunstancias morales que lo rodean. No es amor, sino instinto. El nuevo habitante —que vino él mismo de una tierra extranjera, o cuyo padre o abuelo vino— tiene pocos derechos a ser llamado un habitante de Salem; no tiene la menor idea de la tenacidad, semejante a la de una ostra, con la que un viejo poblador, sobre el cual se arrastra su tercer siglo, se aferra al lugar donde sus sucesivas generaciones han quedado incrustadas. No importa que el lugar sea desangelado para él; que esté cansado de las viejas casas de madera, el fango y el polvo, la monótona planicie del terreno y del sentimiento, el frío viento del este y la más helada de las atmósferas sociales; —todo esto, y cualesquiera otros defectos que vea o imagine, no vienen al caso. El hechizo sobrevive, y con tanta fuerza como si el lugar natal fuera un paraíso terrenal.
Así ha sido en mi caso. Casi sentí como un destino hacer de Salem mi hogar; de modo que el molde de las facciones y el cariz de carácter que aquí habían sido familiares todo el tiempo —siendo que, tan pronto como un representante de la estirpe yacía en su tumba, otro asumía, por decirlo así, su marcha de centinela por la calle principal— aún pudieran, en mis pocos días, ser vistos y reconocidos en la vieja ciudad.