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nydus/The Scarlet LetterPublic
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La aduana

Mientras tanto, la prensa se había ocupado de mi asunto, y me mantuvo, durante una semana o dos, cabalgando por las gacetas públicas, en mi estado decapitado, como el Jinete Sin Cabeza de Irving; macabro y siniestro, y con deseos de ser enterrado, como debe estarlo un hombre políticamente muerto.

Hasta ahí mi yo figurado.

El ser humano real, durante todo este tiempo, con la cabeza a salvo sobre los hombros, había llegado a la cómoda conclusión de que todo era para bien; y, haciendo una inversión en tinta, papel y plumas de acero, había abierto su abandonado escritorio y volvía a ser un hombre de letras.

Fue entonces cuando entraron en juego las elucubraciones de mi venerable antecesor, el inspector Pue. Oxidada por un largo desuso, requirió un pequeño margen de tiempo la maquinaria de mi intelecto para ponerse a trabajar en el relato con un resultado medianamente satisfactorio. Aun ahora, a pesar de que mis pensamientos acabaron por absorberse por completo en la tarea, presenta a mis

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