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nydus/The Scarlet LetterPublic
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XVIII. Una inundación de sol

¡Pensé que el germen de esta había muerto en mí! Oh, Hester, ¡tú eres mi ángel de la guarda! Me parece haberme arrojado —enfermo, manchado de pecado y oscurecido por el dolor— sobre estas hojas del bosque, y haberme levantado totalmente renovado, ¡y con nuevas fuerzas para glorificar a Aquel que ha sido clemente! ¡Esta es ya la vida mejor! ¿Por qué no la encontramos

—No echemos la vista atrás —respondió Hester Prynne—. ¡El pasado se fue! ¿A qué habríamos de demorarnos en él ahora? ¡Mira! ¡Con este símbolo, lo des hago todo y hago que sea como si nunca hubiera sido!

Así hablando, desabrochó el broche que sujetaba la letra escarlata y, sacándola de su pecho, la arrojó a cierta distancia entre las hojas marchitas.

El símbolo místico cayó en la orilla cercana del arroyo. Con el vuelo de la anchura de una mano más, habría caído al agua y le habría dado al arrellanado arroyuelo otra pena que llevar consigo, además del cuento ininteligible que aún seguíamurmurando.

Pero allí quedó la letra bordada, brillando como una joya perdida que algún caminante desdichado pudiera recoger y, desde entonces, verse acosado por extraños fantasmas de culpabilidad, decaimientos del corazón y desgracias inescrutables.

Desaparecido el estigma, Hester lanzó un largo y profundo suspiro, en el cual el peso de la vergüenza y la angustia se apartó de su espíritu. ¡Oh, exquisito alivio! ¡No había conocido el peso hasta que sintió la libertad! Por otro impulso, se quitó el formal gorro que confinaba su cabello; y este cayó sobre sus hombros, oscuro y abundante, con una sombra y a la

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