Pero hay una fatalidad, un sentimiento tan irresistible e inevitable que tiene la fuerza de la condena, que casi indefectiblemente obliga a los seres humanos a demorarse y rondar, como fantasmas, por el lugar donde algún gran y marcado acontecimiento ha dado color a su vida; y con tanto mayor irresistibilidad cuanto más oscuro sea el matiz que la entristece.
Su pecado, su ignominia, eran las raíces que había hundido en el suelo. Era como si un nuevo nacimiento, con asimilaciones más fuertes que el primero, hubiera convertido el terreno boscoso, todavía tan hostil para cualquier otro peregrino y caminante, en el hogar salvaje y sombrío, pero para toda la vida, de Hester Prynne.
Todas las demás escenas de la tierra —incluso aquel pueblo de la Inglaterra rural, donde la infancia feliz y la doncellez inmaculada parecían estar aún al cuidado de su madre, como ropas quitadas mucho tiempo atrás— le eran ajenas, en comparación. La cadena que la ataba aquí era de eslabones de hierro, y le laceraba el alma más íntima, pero jamás podría romperse.
Podría ser también—sin duda era así, aunque ella ocultaba el secreto a su propia conciencia y se ponía pálida cada vez que este brotaba de su corazón como una serpiente de su madriguera—, podría ser que otro sentimiento la retuviera en el escenario y en el sendero que le habían resultado tan fatales. Allí habitaba, allí pisaban las huellas de alguien con quien se creía unida por un vínculo que, no reconocido en la tierra, los reuniría ante el tribunal del juicio final y haría de este su altar nupcial para un futuro compartido de retribución interminable. Una y otra vez, el tentador de almas había impuesto esta idea a la contemplación de Hester, y se había burlado del gozo apasionado y desesperado con el que ella la abrazaba, para luego esforzarse en arrojarla lejos de sí. Apenas miraba la idea a los ojos y se apresuraba a encerrarla en su calabozo. Lo que se obligaba a creer—lo que, al fin y al cabo, racionalizaba como su