imagen tan vívida como la otra, como si todas tuviesen la misma importancia o fuesen todas por igual una función teatral. Posiblemente, se trataba de un ardid instintivo de su espíritu para liberarse, mediante el desfile de estas formas fantasmagóricas, del cruel peso y la dureza de la realidad.
Sea como fuere, el cadalso de la picota era un punto de vista que le reveló a Hester Prynne todo el sendero por el que había estado caminando desde su feliz infancia.
De pie sobre aquella mísera eminencia, vio otra vez su aldea natal, en la vieja Inglaterra, y su hogar paterno; una casa desvencijada de piedra gris, de aspecto empobrecido, pero que conservaba un escudo de armas medio borrado sobre el portal, como símbolo de antigua hidalguía.
Vio el rostro de su padre, con su frente despejada y su venerable barba blanca, que caía sobre la gorguera isabelina a la antigua usanza; el de su madre también, con la expresión de amor cauto y ansioso que siempre tuvo en su recuerdo y que, aun después de su muerte, tantas veces había interpuesto el obstáculo de una suave reprimenda en el camino de su hija.
Vio su propio rostro, resplandeciente de belleza juvenil, iluminando todo el interior del oscuro espejo en el que solía contemplarlo.
Allí contempló otro semblante, el de un hombre de avanzada edad, un rostro pálido, delgado, propio de un erudito, con ojos apagados y legañosos por la luz de la lámpara que les había servido para devorar muchos libros pesados.
Sin embargo, aquellos mismos ojos legañosos poseían un extraño y penetrante poder cuando su dueño se proponía leer en el alma humana.
Esta figura del estudio y del claustro, tal como la femenina imaginación de Hester Prynne no dejó de recordar, estaba ligeramente deformada, con el hombro izquierdo un tanto más alto que el derecho.