cuya tendencia no era la de curar mediante un dolor saludable, sino la de desorganizar y corromper su ser espiritual. Su resultado, en la tierra, difícilmente podía dejar de ser la locura, y en el más allá, aquella eterna alienación del Bien y de la Verdad, de la cual la locura es tal vez el símbolo terrenal.
¡Tal era la ruina a la que había arrastrado al hombre al que en otro tiempo —no, ¿por qué no decirlo?— ¡aún amaba con tanta pasión! Hester sentía que el sacrificio del buen nombre del clérigo, y la muerte misma, tal como ya le había dicho a Roger Chillingworth, habrían sido infinitamente preferibles a la alternativa que ella misma había decidido tomar. Y ahora, antes que haber tenido que confesar esta terrible ofensa, con mucho se habría tendido sobre las hojas del bosque para morir allí, a los pies de Arthur Dimmesdale.
—¡Ay, Arthur —exclamó ella—, perdóname! En todo lo demás, ¡me he esforzado por ser fiel! La verdad era la única virtud a la que podría haberme aferrado, y a la que me aferré, a través de cualquier extremo; ¡salvo cuando tu bien, tu vida, tu fama, se pusieron en entredicho! Entonces consentí en el engaño. ¡Pero una mentira nunca es buena, aun cuando la muerte amenace por el otro lado! ¿No ves lo que quiero decir? ¡Aquel anciano! ¡El médico! ¡Aquel a quien llaman Roger Chillingworth! ¡Él era mi marido!
El ministro la miró, por un instante, con toda esa violencia de pasión que —entremezclada, de más de un modo, con sus cualidades más elevadas, puras y suaves— era, de hecho, la porción de él que el Diablo reclamaba, y a través de la cual procuraba ganar el resto. Jamás Hester se había encontrado con un ceño más negro ni más feroz. Durante el breve espacio que duró, fue una oscura transfiguración. Pero su carácter se había debilitado tanto a causa del sufrimiento, que incluso sus energías más bajas eran incapaces de algo más que de una lucha temporal. Se desplomó en el suelo y hundió el rostro entre las manos.