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nydus/The Scarlet LetterPublic
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XXII. La procesión

Por entonces ya se había ofrecido la oración preliminar en el templo, y se oía el tono del reverde Mr. Dimmesdale al comenzar su discurso.

Un sentimiento irresistible mantuvo a Hester cerca del lugar. Como el sagrado edificio estaba demasiado abarrotado para admitir a un oyente más, ella tomó posición justo al lado de la picota. Estaba lo suficientemente cerca como para que todo el sermón le llegara a los oídos, en forma de un murmullo indistinto pero variado y del fluir de la voz tan peculiar del ministro.

Este órgano vocal constituía por sí mismo una rica dote; de tal modo que un oyente, sin comprender nada de la lengua en la que hablaba el predicador, aún habría podido dejarse llevar de un lado a otro por el mero tono y la cadencia. Como cualquier otra música, respiraba pasión y patetismo, y emociones elevadas o tiernas, en una lengua nativa del corazón humano, por muy cultivado que estuviera. Por muy amortiguado que llegara el sonido al atravesar las paredes de la iglesia, Hester Prynne escuchaba con tal intensidad, y simpatizaba de un modo tan íntimo, que el sermón tuvo para ella, de principio a fin, un significado completamente apartado de sus palabras indistinguibles. Estas, tal vez, de haberse oído con mayor claridad, habrían sido tan solo un medio más burdo y habrían entorpecido el sentido espiritual. Ahora captaba el bajo murmullo de fondo, como el del viento que se apaga para reposar; luego ascendía con él, a medida que este subía por gradaciones progresivas de dulzura y potencia, hasta que su volumen pareció envolverla en una atmósfera de reverencia y solemne grandeza. Y, sin embargo, por majestuosa que la voz llegara a volverse, había siempre en ella un carácter esencial de queja. ¡Una expresión alta o baja de angustia —el susurro, o el grito desgarrador, según pudiera concebirse, de la humanidad sufriente— que tocaba una fibra sensible en todos los pechos! A veces, este profundo acento de patetismo era todo lo que se podía escuchar, y apenas se escuchaba, suspirando en medio de un silencio desolador. Pero aun cuando la voz del ministro se elevaba y se

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