desvanecido, o quedado oscurecidas, antes de que yo conociera al General. Todos los atributos puramente graciosos suelen ser los más evanescentes; ni la Naturaleza adorna la ruina humana con flores de nueva belleza, que tienen sus raíces y su propio alimento únicamente en las grietas y resquicios de la decadencia, como siembra alhelíes sobre la arruinada fortaleza de Ticonderoga. Aun así, incluso respecto a la gracia y a la belleza, había puntos dignos de ser señalados. Un rayo de humor, de vez en cuando, se abría paso a través del velo de opaca obstrucción y parpadeaba gratamente ante nuestros rostros. Un rasgo de elegancia nativa, raramente visto en el carácter masculino después de la infancia o la temprana juventud, se mostraba en la debilidad del General por la vista y la fragancia de las flores. Podría suponerse que un viejo soldado solo valora el sangriento laurel de su frente; pero he aquí alguien que parecía tener el apreció de una jovencita por la tribu floral.
Allí, junto a la chimenea, solía sentarse el valiente y viejo General; mientras que el Agrimensor —aunque rara vez, cuando podía evitarlo, asumía la difícil tarea de entablar conversación con él— era aficionado a quedarse de