No resultó difícil restablecer la intimidad entre los dos compañeros, sobre las mismas bases y en el mismo grado que antes.
El joven clérigo, tras unas pocas horas de soledad, se dio cuenta de que el trastorno de sus nervios lo había arrastrado a un arrebato de mal genio impropio de él, que nada de lo dicho por el médico justificaba o mitigaba. De hecho, se maravillaba de la violencia con la que había rechazado al bondadoso anciano, cuando este tan solo le ofrecía el consejo que era su deber dar y que el propio ministro había solicitado expresamente.
Dominado por estos sentimientos de remordimiento, no perdió tiempo en presentarle las más amplias disculpas y le suplicó a su amigo que continuara con sus cuidados, los cuales, si bien no habían tenido éxito en devolverle la salud, con toda probabilidad habían sido el medio de prolongar su débil existencia hasta ese momento.
Roger Chillingworth accedió de buena gana y prosiguió con su supervisión médica del ministro; haciendo lo mejor por él, de buena fe, pero abandonando siempre la habitación del paciente, al término de la visita profesional, con una sonrisa misteriosa y enigmática en los labios. Esta expresión era invisible en presencia del señor Dimmesdale, pero se hacía muy evidente en cuanto el médico cruzaba el umbral.
—¡Un caso raro! —murmuró—. ¡Es menester que lo examine más a fondo! ¡Una extraña simpatía entre el alma y el cuerpo! Tan solo por el arte, ¡he de llegar hasta el fondo de este asunto!
Aconteció, no mucho después de la escena antes registrada, que el reverendo señor Dimmesdale, en pleno mediodía y sin habérselo esperado, cayó en un sueño profundo, muy profundo, mientras estaba