mantener comunión, en vuestro nombre, con la Altísima Omnisciencia—yo, en cuya vida diaria discernís la santidad de Enoc—yo, cuyas pisadas, según suponéis, dejan un destello a lo largo de mi sendero terrenal, por el cual los peregrinos que vengan después de mí puedan ser guiados a las regiones de los bienaventurados—yo, que he puesto la mano del bautismo sobre vuestros hijos—yo, que he susurrado la oración de despedida sobre vuestros amigos moribundos, para quienes el Amén sonaba débilmente desde un mundo que habían abandonado—yo, vuestro pastor, a quien tanto veneráis y en quien tanto confiáis, ¡soy enteramente una profanación y una mentira!».
Más de una vez, el señor Dimmesdale había subido al púlpito con el propósito de no volver a bajar sus escalones hasta haber pronunciado palabras como las anteriores. Más de una vez se había aclarado la garganta y había tomado ese aliento largo, profundo y tembloroso que, al ser expulso de nuevo, vendría cargado con el negro secreto de su alma. Más de una vez —¡qué digo!, más de cien veces— ¡había hablado en realidad! ¡Hablado! ¿Pero cómo? Les había dicho a sus oyentes que él era totalmente vil, un compañero más vil que los más viles, el peor de los pecadores, una abominación, una criatura de iniquidad inimaginable; ¡y que el único milagro era que no vieran su desgraciado cuerpo consumirse ante sus ojos por la ardiente ira del Todopoderoso! ¿Pudo haber un discurso más claro que este? ¿No se pondrían en pie los feligreses en sus asientos, por un impulso simultáneo, para derribarlo del púlpito que profanaba? ¡De eso nada, en verdad! Lo escuchaban todo y no hacían más que reverenciarlo aún más. Apenas intuían qué propósito mortal se ocultaba tras aquellas palabras de autoacusación. «¡El joven piadoso!», decían entre ellos. «¡El santo en la tierra! ¡Ay, si él discierne tanta pecaminosidad en su propia y blanca alma, qué horrendo espectáculo contemplaría en la tuya o en la mía!». El ministro sabía muy bien —¡hipócrita sutil pero lleno de remordimientos que era!— la luz bajo la cual se vería su vaga confesión. Se había esforzado por engañarse a sí mismo haciendo la declaración de una conciencia culpable, pero solo