Introducción a La letra escarlata
Es un tanto digno de mención que —a pesar de no ser muy dado a hablar demasiado de mí mismo y de mis asuntos junto al fuego y ante mis amigos personales— un impulso autobiográfico se haya apoderado dos veces de mi vida al dirigirme al público. La primera vez fue hace tres o cuatro años, cuando obsequié al lector —sin justificación alguna, y por ningún motivo terrenal que ni el indulgente lector ni el entrometido autor pudieran imaginar— con una descripción de mi modo de vida en la profunda quietud de una vieja vicaría. Y ahora —porque, más allá de mis méritos, tuve la suerte de encontrar uno que otro oyente en aquella ocasión anterior— vuelvo a agarrar al público por la solapa y le hablo de mis tres años de experiencia en una Aduana. El ejemplo del famoso «P. P., secretario de esta parroquia», jamás se ha seguido con mayor fidelidad.
La verdad parece ser, sin embargo, que, cuando arroja sus hojas al viento, el autor se dirige, no a los muchos que arrojarán lejos su volumen, o nunca lo tomarán, sino a los pocos que lo comprenderán, mejor que la mayoría de sus compañeros de escuela o de vida.
Algunos autores, en verdad, hacen mucho más que esto, y se indulgen en tales profundidades confidenciales de revelación como las que podrían dirigirse adecuada, única y exclusivamente, al único corazón y mente de perfecta simpatía; como si el libro impreso, arrojado por completo al ancho mundo, tuviera la certeza de encontrar el segmento dividido de la propia naturaleza del escritor, y completar su círculo de existencia al ponerlo en comunión con él.