Otra perspectiva de Hester
En su última y singular entrevista con el señor Dimmesdale, Hester Prynne se quedó consternada al ver el estado en que halló reducido al clérigo. Sus nervios parecían totalmente destrozados. Su fuerza moral se había abajado hasta caer en una debilidad más que infantil. Se arrastraba impotente por el suelo, aun cuando sus facultades intelectuales conservaban su fuerza prístina o quizás habían adquirido una energía morbosa que solo la enfermedad podía haberles otorgado. Con su conocimiento de una serie de circunstancias ocultas para todos los demás, podía deducir fácilmente que, además de la acción legítima de su propia conciencia, una maquinaria terrible había comenzado a actuar, y seguía operando, sobre el bienestar y el reposo del señor Dimmesdale. Conociendo lo que este pobre hombre caído había sido antaño, toda su alma se conmovió ante el terror escalofriante con el que él le había suplicado —a ella, la mujer marginada— apoyo contra su enemigo instintivamente descubierto. Decidió, además, que él tenía derecho a recibir toda su ayuda. Poco acostumbrada, en su largo aislamiento de la sociedad, a medir sus ideas del bien y del mal según una norma externa a sí misma, Hester vio —o creyó ver— que recaía sobre ella una responsabilidad con respecto al clérigo que no le debía a ningún otro, ni a todo el resto del mundo. Los eslabones que la unían al resto del género humano —eslabones de flores, o de seda, o de oro, o del material que fuere— se habían roto