Hester en su labor
El periodo de reclusión de Hester Prynne había llegado a su fin. Se abrieron de par en par las puertas de la prisión y ella salió a la luz del sol que, al bañar a todos por igual, a su corazón enfermo y morboso le pareció que no tenía más propósito que revelar la letra escarlata sobre su pecho.
Tal vez hubo una tortura más real en sus primeros pasos, sola, desde el umbral de la cárcel, que incluso en la procesión y el espectáculo que se han descrito, donde la convirtieron en la infamia común hacia la cual toda la humanidad estaba convocada a señalar con el dedo.
Entonces, se vio sostenida por una tensión antinatural de los nervios y por toda la energía combativa de su carácter, lo que le permitió convertir la escena en una especie de lúgubre triunfo.
Era, además, un acontecimiento aislado e independiente, que habría de ocurrir una sola vez en su vida y para hacerle frente al cual, despilfarrando sus reservas, podía convocar la fuerza vital que habría bastado para muchos años tranquilos.
La misma ley que la condenaba —un gigante de rasgos severos, pero con vigor tanto para sostener como para aniquilar en su brazo de hierro— la había sostenido a lo través de la terrible prueba de su ignominia.
Pero ahora, con este solitario paseo desde la puerta de su prisión, comenzaba la costumbre diaria; y o bien debía sostenerlo y llevarlo