Pero había una vida más real para Hester Prynne aquí, en Nueva Inglaterra, que en aquella región desconocida donde Pearl había encontrado un hogar. Aquí había sido su pecado; aquí, su dolor; y aquí había de ser todavía su penitencia. Había regresado, por tanto, y reanudado —por su propia voluntad, pues ni el más severo magistrado de aquel período de hierro se lo habría impuesto—, reanudado el símbolo del que hemos contado tan sombría historia. Jamás volvió a apartarse de su pecho. Pero, en el transcurso de los años laboriosos, reflexivos y consagrados a los demás que compusieron la vida de Hester, la letra escarlata dejó de ser un estigma que atraía el desdén y la amargura del mundo, y se convirtió en el emblema de algo por lo cual dolerse, y que se miraba con temor reverente, pero también con respeto. Y, como Hester Prynne no tenía fines egoístas, ni vivía en modo alguno para su propio beneficio y disfrute, la gente le llevaba todas sus penas y perplejidades, y le pedía consejo como a alguien que había pasado por una gran tribulación. Las mujeres, más especialmente —en las pruebas que se repetían continuamente de una pasión herida, malgastada, agraviada, malograda, o errada y pecadora—, o con la carga sombría de un corazón entregado, porque no era valorado ni buscado, acudían a la cabaña de Hester, exigiendo saber por qué eran tan desgraciadas y cuál era el remedio. Hester las consolaba y aconsejaba lo mejor que podía. Les aseguró también su firme creencia de que, en algún período más luminoso, cuando el mundo estuviera maduro para ello, en el momento propicio del Cielo, se revelaría una nueva verdad para establecer toda la relación entre el hombre y la mujer sobre un fundamento más seguro de mutua felicidad. En su juventud, Hester había imaginado en vano que ella misma podría ser la profetisa predestinada, pero hacía tiempo que había reconocido la imposibilidad de que cualquier misión de verdad divina y misteriosa fuera confiada a una mujer manchada de pecado, agobiada por la vergüenza o incluso cargada con un dolor de por vida. El ángel y apóstol de la inminente revelación debía ser una mujer, en verdad, pero excelsa, pura y hermosa; y sabia, además, no a través del dolor
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XXIV. Conclusión
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