—Pues dile —replicó él—, que volví a hablar con el viejo doctor de siniestro semblante y hombros gibosos, y este se compromete a traer a bordo a su amigo, el caballero que ella sabe. Así pues, que tu madre no se preocupe de nada, salvo de ella misma y de ti. ¿Se lo dirás tú, criatura de bruja?
—¡La señora Hibbins dice que mi padre es el Príncipe del Aire! —exclamó Pearl, con una sonrisa traviesa—. ¡Si me llamas con ese mal nombre, se lo diré a él, y perseguirá tu barco con una tempestad!
Siguiendo un curso en zigzag a través de la plaza del mercado, la niña volvió con su madre y le comunicó lo que el marino había dicho. El espíritu fuerte, sereno y firmemente paciente de Hester casi sucumbió, al fin, al contemplar aquel semblante oscuro y sombrío de un destino inevitable que —en el momento en que parecía abrirse una vía de escape para el ministro y para ella fuera de su laberinto de miseria— se presentaba, con una sonrisa implacable, justo en medio de su camino.
Con la mente acosada por la terrible perplejidad en que la noticia del capitán la había sumido, se vio sometida también a otra prueba. Había mucha gente presente, de los campos de los alrededores, que a menudo habían oído hablar de la letra escarlata, y para quienes se había vuelto aterradora debido a un centenar de falsos o exagerados rumores, pero que nunca la habían contemplado con sus propios ojos corporales. Estos, tras agotar otras formas de entretenimiento, se agolparon ahora en torno a Hester Prynne con grosera y ruda intromisión. * Por desvergonzada que fuera, sin embargo, no pudo acercarlos más que a un radio de varias yardas. * A esa distancia se quedaron, por tanto, plantados allí por la fuerza centrífuga de la repugnancia que el símbolo místico inspiraba. Toda la caterva de marineros, asimismo, al observar la muchedumbre de espectadores y enterarse del significado de la letra escarlata, se