grandes ciudades? En respuesta a este interrogante, cobró fuerza un rumor —el cual, por absurdo que fuese, fue acogido por personas muy sensatas— de que el Cielo había obrado un auténtico milagro al transportar a un eminente Doctor en Medicina, desde una universidad alemana, en cuerpo y alma por los aires, ¡y depositarlo a la puerta del estudio del señor Dimmesdale!
Individuos de una fe más prudente, en verdad, que sabían que el Cielo promueve sus propósitos sin buscar el efectismo de lo que se llama intervención milagrosa, se inclinaban a ver una mano providencial en la tan oportuna llegada de Roger Chillingworth.
Esta idea se veía respaldada por el gran interés que el médico siempre había manifestado hacia el joven clérigo; se le había unido como feligrés y procuraba ganarse la afectuosa estima y la confianza de su sensibilidad, naturalmente reservada.
Expresaba gran alarma por el estado de salud de su pastor, pero estaba ansioso por intentar la cura y, de emprenderse a tiempo, no parecía desconfiar de un resultado favorable.
Los ancianos, los diáconos, las matronas maternales y las doncellas jóvenes y hermosas de la grey del señor Dimmesdale insistían por igual en que probara la habilidad que el médico le ofrecía francamente. El señor Dimmesdale rechazaba con suavidad sus súplicas.
—No necesito medicina —dijo él.
Pero ¿cómo podía el joven pastor decir tal cosa, cuando, domingo tras domingo, su mejilla estaba más pálida y delgada, y su voz más temblorosa que antes; cuando se había vuelto ya un hábito constante, más bien que un gesto casual, apretarse la mano contra el corazón? ¿Estaba cansado de sus labores? ¿Deseaba morir? Estas preguntas le fueron formuladas