Pero Pearl, que era una niña indómita, tras fruncir el ceño, zapatear y agitar su manita con diversos gestos amenazadores, se lanzó de repente contra el grupo de sus enemigos y los puso a todos en fuga.
Se parecía, en su férrea persecución de estos, a una peste infantil —la escarlata, o algún ángel del juicio de plumas aún por salir— cuya misión era castigar los pecados de la generación venidera. Chillaba y gritaba, además, con un volumen de sonido aterrador, que sin duda hizo temblar los corazones de los fugitivos.
Consumada la victoria, Pearl volvió tranquilamente junto a su madre y miró hacia su rostro con una sonrisa.
Sin más aventura, llegaron a la morada del gobernador Bellingham. > Esta era una gran casa de madera, construida a la manera de la cual aún existen ejemplares en las calles de nuestras ciudades más antiguas; hoy cubiertas de musgo, desmoronándose y melancólicas en su interior debido a los muchos sucesos tristes o alegres, recordados u olvidados, que han ocurrido y desaparecido entre sus oscuras estancias. Entonces, sin embargo, su exterior mostraba la frescura del año en curso y la alegría de una morada humana —por cuyas puertas jamás había entrado la muerte— que brillaba a través de sus soleadas ventanas. Poseía, en verdad, un aspecto muy alegre; las paredes estaban revestidas con una especie de estuco en el que abundaban los fragmentos de vidrio roto mezclados, de modo que, cuando la luz del sol caía de soslayo sobre la fachada del edificio, esta relucía y chispeaba como si se le hubieran arrojado diamantes a dobles puñados. El brillo habría sido más propio del palacio de Aladino que de la mansión de un austero y viejo gobernante puritano. Estaba decorada además