que ya pocos hombres vivos pueden recordar.
Este Inspector, cuando lo conocí por primera vez, era un hombre de ochenta años, poco más o menos, y sin duda uno de los ejemplares más maravillosos de verdor invernal que uno pudiera hallar en la búsqueda de toda una vida. Con su mejilla encendida, su complexión compacta, elegantemente ataviada con una casaca azul de botones brillantes, su paso ágil y vigoroso, y su aspecto rozagante y saludable, en conjunto parecía —no joven, en realidad— sino una especie de nuevo invento de la Madre Naturaleza con forma de hombre, a quien la vejez y la debilidad no tenían por qué tocar. Su voz y su risa, que resonaban perpetuamente por la Aduana, no tenían nada del trémulo temblequeo y el c)(=) cacareo del habla de un viejo; salían pavoneándose de sus pulmones, como el canto de un gallo o el clarinazo de un clarín. Mirándolo meramente como a un animal —y había muy pocas otras cosas que mirar en él—, era un objeto de lo más satisfactorio, por la absoluta salubridad y robustez de su organismo, y su capacidad, a esa edad extrema, para disfrutar de todos, o casi todos, los placeres que jamás se había propuesto o concebido.