de verdad, y escuchando mis palabras como si hablara una lengua de Pentecostés! —¿y luego mirar en mi interior y discernir la negra realidad de lo que idolatran? ¡Me he reído, con amargura y agonía en el corazón, del contraste entre lo que parezco y lo que soy! ¡Y Satanás se ríe de ello!
—Te equivocas en esto —dijo Hester con suavidad—.
Te has arrepentido honda y dolorosamente. Tu pecado ha quedado atrás, en los días ya lejanos. Tu vida presente no es menos santa, en verdad, de lo que parece ante los ojos de los hombres. ¿Acaso no hay realidad en el arrepentimiento así sellado y testificado por las buenas obras? ¿Y por qué no habría de traerte la paz?
—¡No, Hester, no! —respondió el clérigo—. ¡No hay sustancia en ello! ¡Es frío y está muerto, y nada puede hacer por mí! ¡De penitencia, he tenido suficiente! ¡De arrepentimiento, no ha habido ninguno! De otro modo, hace tiempo que me habría quitado estas vestiduras de falsa santidad y me habría mostrado a la humanidad tal como me verán en el tribunal divino. ¡Dichosa tú, Hester, que llevas la letra escarlata abiertamente sobre el pecho! ¡La mía arde en secreto! ¡Poco sabes tú qué gran alivio es, tras el tormento de un engaño de siete años, mirar a unos ojos que me reconocen por lo que soy! ¡Si tuviera un solo amigo —o fuera mi peor enemigo—, ante quien, hastiado de las alabanzas de todos los demás hombres, pudiera presentarme a diario y ser reconocido como el más vil de todos los pecadores, me figuro que mi alma podría mantenerse con vida gracias a ello! ¡Tan solo esa pizca de verdad me salvaría! Pero ¡ahora todo es falsedad!, ¡todo es vacuidad!, ¡todo es muerte!
Hester Prynne miró su rostro, pero dudó en hablar. Sin embargo, al expresar sus emociones contenidas durante tanto tiempo con tanta