Pero, por lo que a mí respecta, durante toda mi experiencia en la aduana, la luz de la luna y la del sol, y el fulgor del fuego, me fueron exactamente iguales; y ninguna de ellas servía ni un ápice más que el parpadeo de una vela de sebo.
Toda una clase de susceptibilidades, y un don relacionado con ellas —de no gran riqueza ni valor, pero el mejor que poseía—, se había desvanecido de mí.
Es mi creencia, sin embargo, que, de haber intentado un orden de composición diferente, mis facultades no se habrían mostrado tan ineptas e ineficaces. Podría, por ejemplo, haberme conformado con poner por escrito los relatos de un viejo capitán de barco, uno de los inspectores, a quien sería muy ingrato no mencionar, ya que apenas pasaba un día sin que me arrancara la risa y la admiración con sus maravillososdotes de narrador. De haber podido conservar la fuerza pintoresca de su estilo y