sombrío, sino del medio etéreo de la alegría; ¡y mostrando cómo el amor sagrado debe hacernos felices, mediante la prueba más veraz de una vida exitosa para tal fin!
Así habló Hester Prynne, y bajó sus tristes ojos hacia la letra escarlata. Y, al cabo de muchos, muchos años, se cavó una nueva sepultura, cerca de una vieja y hundida, en aquel camposanto junto al cual se ha construido desde entonces la Capilla del Rey. Estaba cerca de aquella tumba vieja y hundida, aunque dejando un espacio entre ambas, como si el polvo de los dos durmientes no tuviera derecho a mezclarse. Con todo, una sola lápida servía para los dos. Alrededor había monumentos esculpidos con blasones nobiliarios; y en esta sencilla losa de pizarra —como el investigador curioso aún puede discernir y devanarse los sesos con su significado— aparecía la traza de un escudo grabado. Llevaba un emblema, cuya descripción heráldica podría servir de lema y breve compendio de nuestra ya concluida leyenda; tan sombrío es, y apenas mitigado por un único punto de luz siempre incandescente, más sombrío que la propia sombra:
“ Sobre un campo, de sable, la letra A, de gules .”