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nydus/The Scarlet LetterPublic
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XXII. La procesión

Otro matiz del mismo sentimiento, en referencia al señor Dimmesdale, fue expresado por una persona cuyas excentricidades —o locura, como nosotros la llamaríamos— la llevaron a hacer lo que pocos lugareños se habrían atrevido a hacer: entablar una conversación con la portadora de la letra escarlata en público. Se trataba de la señora Hibbins, quien, ataviada con gran magnificencia, con una gorguera triple, un peto bordado, un vestido de rico terciopelo y un bastón con empuñadura de oro, había salido a ver la procesión. Como esta anciana tenía la fama (que posteriormente le costó nada menos que la vida) de ser una de las principales actrices en todas las obras de nigromancia que continuamente se llevaban a cabo, la multitud le abrió paso y parecía temer el roce de sus ropas, como si estas llevaran la peste entre sus ostentosos pliegues. Vista junto a Hester Prynne —por benévola que fuera ahora la actitud de tantos hacia esta última—, la pavorosa impresión que inspiraba la señora Hibbins se duplicó y provocó un repliegue general en aquella parte de la plaza del mercado en la que ambas mujeres se encontraban.

—¡Ahora bien, qué imaginación mortal podría concebirlo! —susurró la anciana, en confidencia, a Hester—. ¡Aquél, tan devoto varón! ¡Ese santo en la tierra, tal como la gente lo sostiene, y tal como —he de decirlo— realmente parece! ¿Quién, ahora, al verlo pasar en la procesión, pensaría cuán poco tiempo hace desde que salió de su estudio —masticando un texto bíblico en hebreo en la boca, te lo apuesto— a tomar el aire en el bosque! ¡Ajá! ¡Nosotras sabemos qué significa eso, Hester Prynne! Mas, a decir verdad, por cierto, se me hace difícil creer que sea el mismo hombre. A más de un feligrés vi, caminando detrás de la música, que ha bailado al mismo compás conmigo, cuando Alguien era el violinista y, ¡podría ser!, ¡un hechicero indio o un mago lapón dándose las manos con nosotros! Eso no es más que una nusadísima cuando una mujer conoce el mundo. ¡Pero este ministro! ¿Podrías asegurar, Hester, si era el mismo hombre que se encontró contigo en el sendero del bosque?

—Señora, no sé de qué habla —respondió Hester Prynne, al considerar que la mestresa Hibbins no estaba en su sano juicio; y sin embargo,

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