porte, y con la criatura en su seno, un objeto que le recordara la imagen de la Divina Maternidad, que tantos ilustres pintores han competido por representar; algo que le recordaría, en verdad, pero solo por contraste, aquella sagrada imagen de la maternidad sin mancha, cuyo hijo había de redimir al mundo. Aquí, existía la mancha del pecado más profundo en la cualidad más sagrada de la vida humana, provocando tal efecto que el mundo era solo más oscuro debido a la belleza de esta mujer, y más perdido por la criatura que había dado a luz.
La escena no carecía de una mezcla de reverencia, como la que siempre debe rodear el espectáculo de la culpa y la vergüenza en un semejante, antes de que la sociedad se haya vuelto lo suficientemente corrupta como para sonreír, en vez de estremecerse, ante ello.
Los testigos de la ignominia de Hester Prynne aún no habían perdido su ingenuidad. Eran lo bastante severos como para contemplar su muerte, de haber sido esa la sentencia, sin una sola queja por su rigor, pero carecían de la insensibilidad de otro estado social, que solo hallaría un motivo de burla en una exhibición como la presente.
Aun cuando hubiera existido la disposición de tomar el asunto a risa, esta se habría visto reprimida y avasallada por la solemne presencia de hombres no menos dignos que el Gobernador, varios de sus consejeros, un juez, un general y los ministros de la ciudad; todos los cuales estaban sentados o de pie en un balcón de la casa de reuniones, contemplando desde lo alto la picota.
Cuando tales personajes podían constituir una parte del espectáculo, sin poner en riesgo la majestad o la reverencia del rango y el cargo, se podía inferir con seguridad que la ejecución de una sentencia legal poseería un significado serio y eficaz. En consecuencia, la multitud se mostraba sombría y grave.