A continuación se alzó ante ella, en la pinacoteca de la memoria, las intrincadas y estrechas calles, las altas casas grises, las enormes catedrales y los edificios públicos, de fecha antigua y arquitectura pintoresca, de una ciudad continental; donde una nueva vida la había aguardado, aún en relación con el erudito mal formado; una vida nueva, pero que se alimentaba de materiales ajados por el tiempo, como un jirón de musgo verde sobre un muro desmoronado.
Por último, en lugar de estas cambiantes escenas, regresó el burdo mercado del asentamiento puritano, con todos los habitantes del pueblo reunidos y dirigiendo sus severas miradas a Hester Prynne—sí, a ella misma—, ¡quien estaba de pie en el cadalso de la picota, con un infante en el brazo y la letra A, escarlata, primorosamente bordada con hilo de oro, sobre su pecho!
¿Podría ser verdad? Apretó al niño con tanta fiereza contra su pecho que este lanzó un grito; bajó los ojos hacia la letra escarlata e incluso la tocó con el dedo para cerciorarse de que la criatura y la deshonra eran reales. ¡Sí! —¡estas eran sus realidades—, todo lo demás se había desvanecido!