Una inundación de sol
Arthur Dimmesdale contempló el rostro de Hester con una mirada en la que brillaban, en verdad, la esperanza y la alegría, pero con miedo de por medio, y una especie de horror ante la audacia de ella, que había pronunciado lo que él apenas había insinuado vagamente, pero no se atrevía a decir.
Pero Hester Prynne, con un espíritu de valor y actividad innatos, y durante un período tan prolongado no solo alejada, sino proscrita de la sociedad, se había habituado a una latitud de especulación tan totalmente ajena al clérigo. Había vagado, sin regla ni guía, por un desierto moral; tan vasto, tan intrincado y tenebroso como la selva indómita, en medio cuya penumbra sostenían ahora un coloquio que había de decidir su destino. Su intelecto y su corazón tenían su hogar, por decirlo así, en parajes desérticos, por donde deambulaba tan libremente como el indio salvaje por sus bosques. Desde hacía años miraba desde este apartado punto de vista las instituciones humanas, y todo lo que sacerdotes o legisladores habían establecido; criticándolo todo con apenas más reverencia de la que el indio sentiría por la banda clerical, la toga judicial, la picota, la horca, el hogar o la iglesia. La tendencia de su destino y su fortuna había sido liberarla. La letra escarlata era su pasaporte hacia regiones donde otras mujeres no osaban pisar. ¡La Deshonra, la Desesperación, la Soledad! Esas habían sido sus maestras —severas y salvajes— y la habían hecho fuerte, pero le habían enseñado mucho de manera errónea.
El ministro, por otra parte, jamás había atravesado por una experiencia diseñada para conducirlo más allá del alcance de las leyes comúnmente