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nydus/The Scarlet LetterPublic
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XII. La vigilia del ministro

reverberaciones, como el clamor de los demonios y brujas nocturnas, con los que era bien sabido que hacía excursiones al bosque.

Al advertir el destello de la lámpara del gobernador Bellingham, la anciana apagó rápidamente la suya y desapareció. Posiblemente, se fue entre las nubes. El ministro no vio nada más de sus movimientos. El magistrado, tras una cautelosa observación de la oscuridad —en la que, sin embargo, apenas podía ver más allá de las narices—, se retiró de la ventana.

El ministro se calmó comparativamente. Sus ojos, sin embargo, no tardaron en advertir una pequeña luz titilante que, al principio muy lejana, se iba acercando calle arriba. Proyectaba un destello de reconocimiento, aquí sobre un poste, allá sobre la cerca de un jardín, aquí sobre el vidrio enrejado de una ventana, allá sobre una bomba de agua con su abrevadero lleno, y aquí de nuevo sobre una puerta arqueada de roble, con un picaporte de hierro y un tronco tosco a modo de umbral. El reverendo señor Dimmesdale reparó en todos estos diminutos detalles, aun estando firmemente convencido de que la perdición de su existencia se iba acercando sigilosamente con los pasos que ahora escuchaba; y de que el resplandor de la linterna recaería sobre él en pocos momentos más y revelaría su secreto largo tiempo oculto. A medida que la luz se acercaba, contempló, dentro de su círculo iluminado, a su hermano clérigo —o, para hablar con más precisión, a su padre espiritual, además de muy estimado amigo—, el reverendo señor Wilson, quien, según conjeturaba ahora el señor Dimmesdale, había estado rezando junto al lecho de algún moribundo. Y así era. El buen anciano ministro venía directamente de la cámara mortuoria del gobernador Winthrop, quien había pasado de la tierra al cielo en esa misma hora. Y ahora, rodeado, como los personajes sacrosantos de la antigüedad, de un halo radiante que lo glorificaba en medio de esta sombría noche de pecado —como si el difunto gobernador le hubiera dejado una herencia de su gloria, o como si hubiera captado en su persona el lejano resplandor de la

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