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nydus/The Scarlet LetterPublic
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VII. El Salón del Gobernador

trasladadas allí desde la residencia paterna del Gobernador. Sobre la mesa⁠ —como muestra de que el sentimiento de la vieja hospitalidad inglesa no se había quedado atrás⁠— se alzaba una gran jarra de estaño, en cuyo fondo, de haber echado un vistazo Hester o Pearl, habrían podido ver los restos espumosos de un trago reciente de cerveza.

En la pared colgaba una hilera de retratos que representaban a los antepasados del linaje Bellingham; unos con armadura en el pecho, y otros con gorgueras señoriales y ropas de paz.

Todos se caracterizaban por la rigidez y la severidad que los viejos retratos adoptan de forma tan invariable; como si fuesen los fantasmas, más que las imágenes, de dignatorios difuntos, y estuviesen contemplando con una crítica dura e intolerante las ocupaciones y los placeres de los hombres vivos.

Cerca de la mitad de los paneles de roble que revestían el vestíbulo, pendía una armadura completa, no, como los cuadros, una reliquia ancestral, sino de la fecha más moderna; pues había sido fabricada por un hábil armero en Londres, el mismo año en que el gobernador Bellingham vino a Nueva Inglaterra. Había un yelmo de acero, una coraza, un gorguera y grebas, con un par de guanteletes y una espada colgada debajo; todo ello, y especialmente el casco y la pechera, tan altamente bruñidos que brillaban con una blancura radiante y esparcían una iluminación por doquier sobre el suelo. Esta brillante panoplia no estaba destinada a una mera exhibición ociosa, sino que había sido vestida por el gobernador en muchas revistas solemnes y campos de entrenamiento, y había relucido, además, a la cabeza de un regimiento en la guerra de los pequods.

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