Ninguno de ellos, supongo, había leído una sola página escrita por mí, ni les habría importado un bledo si las hubiesen leído todas; ni habría arreglado el asunto lo más mínimo el que esas mismas páginas infructuosas hubiesen sido escritas con una pluma como la de Burns o la de Chaucer, cada uno de los cuales fue oficial de aduanas en su día, al igual que yo.
Es una buena lección —aunque a menudo pueda resultar dura— para un hombre que ha soñado con la fama literaria, y con hacerse un lugar entre los dignatarios del mundo por tales medios, apartarse del estrecho círculo en el que sus pretensiones son reconocidas, y descubrir cuán carente de significado absoluto, más allá de ese círculo, es todo lo que logra y todo a lo que aspira. No sé si necesitaba especialmente la lección, ya sea a modo de advertencia o de reprimenda; pero, en cualquier caso, la aprendí a fondo: ni tampoco, me complace recordarlo, la verdad, al hacerse patente a mi percepción, me costó jamás un dolor ni exigió ser exhalada en un suspiro.