La descuidada seguridad de su vida en la Aduana, con un ingreso fijo y con ligeras y poco frecuentes aprehensiones de destitución, había contribuido sin duda a hacer que el tiempo pasara suavemente sobre él.
Las causas originales y más poderosas, sin embargo, radicaban en la rara perfección de su naturaleza animal, la moderada proporción de intelecto y la muy insignificante mezcla de ingredientes morales y espirituales; estas últimas cualidades, en verdad, apenas en la medida justa para evitar que el buen viejo anduviera a gatas.
No poseía poder de pensamiento, ni profundidad de sentimiento, ni sensibilidades molestas; nada, en suma, salvo unos cuantos instintos vulgares que, ayudados por el carácter alegre que surgía inevitablemente de su bienestar físico, cumplían muy dignamente, y con general aceptación, las veces de corazón.
Había sido esposo de tres mujeres, todas muertas hacía ya mucho tiempo; padre de veinte hijos, la mayoría de los cuales, a cualquier edad de su niñez o madurez, también habían vuelto al polvo.
Aquí, cabría suponer, habría habido suficiente dolor como para impregnar la disposición más soleada, de cabo a rabo, con un matiz lúgubre.
¡No era así con nuestro viejo inspector! Un breve suspiro bastaba para disipar todo el peso de estos lúgubres recuerdos. Al momento siguiente, estaba tan dispuesto para la broma como cualquier infante en pañales; mucho más dispuesto que el dependiente subalterno del Administrador, quien, a los diecinueve años, era mucho mayor y más serio que el otro.