terrible testigo
Con un movimiento convulsivo, se arrancó la banda ministerial de sobre el pecho. ¡Quedó al descubierto! Pero sería irreverente describir aquella revelación. Por un instante, la mirada de la multitud aterrorizada se concentró en el espantoso milagro; mientras el ministro permanecía en pie, con un fulgor de triunfo en el rostro, como quien, en la crisis del dolor más agudo, ha obtenido la victoria.
¡Luego, se desplomó sobre el cadalso! Hester lo incorporó a medias y apoyó su cabeza contra su seno. El viejo Roger Chillingworth se arrodilló junto a él, con un semblante apagado e inexpresivo, del cual la vida parecía haberse esfumado.
—¡Has escapado de mí! —repitió más de una vez—. ¡Has escapado de mí!
—¡Que Dios te perdone! —dijo el ministro—. ¡Tú también has pecado gravemente!
Apartó sus ojos moribundos del viejo, y los fijó en la mujer y en el niño.