sobre el hombro de un pálido joven a su lado—; he procurado, digo, persuadir a este piadoso mancebo de que deba tratar contigo, aquí ante la faz del Cielo, y ante estos sabios y rectos gobernantes, y oyéndolo todo el pueblo, en lo tocante a la vileza y negrura de tu pecado. Conociendo tu natural temperamento mejor que yo, él sabría juzgar mejor qué argumentos usar, ya sean de ternura o de terror, tales que pudieran doblegar tu dureza y obstinación; de tal suerte que no ocultes por más tiempo el nombre de aquel que te tentó a esta grave caída. Mas él me opone (con la excesiva blandura propia de un joven, aunque sabio más allá de sus años), que sería agraviar la naturaleza misma de la mujer forzarla a revelar los secretos de su corazón a plena luz del día y en presencia de tan gran multitud. En verdad, como intenté convencerle, la vergüenza radica en la comisión del pecado, y no en su manifestación. ¿Qué dices a esto, una vez más, hermano Dimmesdale? ¿Has de ser tú, o he de ser yo, quien trate con el alma de esta pobre pecadora?
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III. The Recognition
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