En el segundo piso de la Aduana hay una gran habitación, en la cual la mampostería y las vigas desnudas jamás han sido cubiertas con paneles ni yeso. El edificio —proyectado originalmente a una escala adecuada para la antigua empresa comercial del puerto, y con una idea de prosperidad futura destinada a nunca realizarse— contiene mucho más espacio del que sus ocupantes saben qué hacer. Este salón ventilado, por lo tanto, situado sobre los aposentos del Administrador, permanece sin terminar hasta el día de hoy y, a pesar de las telarañas centenarias que festonean sus oscuras vigas, aún parece aguardar la labor del carpintero y del albañil.
En uno de los extremos de la sala, en un recodo, había una serie de barriles, amontonados unos sobre otros, que contenían atados de documentos oficiales. Grandes cantidades de basura similar abarrotaban el suelo. Era penoso pensar cuántos días, semanas, meses y años de labor se habían desperdiciado en estos papeles rancios, que ahora no eran más que un estorbo sobre la tierra, y estaban ocultos en este rincón olvidado, para no ser contemplados nunca más por ojos humanos. Pero, aun así, ¡cuántas resmas de otros manuscritos —colmados no con