lastimosamente débil; ninguna prueba, al mismo tiempo tan leve e irrefragable, de una enfermedad sutil que desde hacía mucho tiempo había comenzado a carcomer la sustancia real de su carácter. Ningún hombre, durante un período considerable, puede mostrar una cara ante sí mismo y otra ante la multitud, sin terminar por desorientarse respecto a cuál pueda ser la verdadera.
La excitación de los sentimientos del señor Dimmesdale, al regresar de su entrevista con Hester, le infundió una energía física desacostumbrada y lo impulsó hacia el pueblo a paso rápido. El sendero entre los bosques parecía más agreste, más áspero con sus rudos obstáculos naturales y menos hollado por la planta del hombre de lo que recordaba en su viaje de ida. Pero saltó sobre los sitios cenagosos, se abrió paso entre la maleza adherente, trepó por la cuesta, se precipitó en la hondonada y venció, en suma, todas las dificultades de la ruta con una actividad infatigable que le asombraba. No pudo menos que recordar con cuánta debilidad y con qué frecuentes pausas para respirar había bregado por el mismo terreno hacía apenas dos días. Al acercarse al pueblo, percibió una impresión de cambio en la serie de objetos familiares que se le presentaban. Parecía que no fuera ayer, ni uno, ni dos, sino muchos días, o incluso años atrás, desde que los había abandonado. Allí estaba, en efecto, cada antiguo rastro de la calle, tal como la recordaba, y todas las peculiaridades de las casas, con la debida multitud de picos de gablete y una veleta en cada punto donde su memoria sugería una. No obstante, no era menor esta importuna e intrusiva sensación de cambio. Lo mismo sucedía con los conocidos que encontraba y con todas las formas bien conocidas de la vida humana en torno al pequeño pueblo. No parecían ni más viejos ni más jóvenes ahora; las barbas de los ancianos no eran más blancas, ni el bebé que ayer gateaba podía caminar hoy sobre