fuera del torbellino de las vicisitudes políticas, que hace que el ejercicio del cargo sea por lo general tan frágil. Soldado —el soldado más distinguido de Nueva Inglaterra—, se mantenía firme sobre el pedestal de sus valerosos servicios; y, seguro él mismo en la sabia liberalidad de las sucesivas administraciones a través de las cuales había ocupado el cargo, había sido la salvación de sus subordinados en más de una hora de peligro y temblor de corazón. El general Miller era radicalmente conservador; un hombre sobre cuya naturaleza bondadosa la costumbre ejercía no poca influencia, apegado fuertemente a los rostros familiares y movido con dificultad al cambio, aun cuando el cambio hubiera podido traer una mejora indudable.
Así, al hacerme cargo de mi departamento, encontré pocos hombres, y todos de avanzada edad. Eran antiguos capitanes de barco, en su mayoría, que, tras haber sido zarandeados por todos los mares y haber resistido con fortaleza las tempestuosas ráfagas de la vida, habían terminado por recalar en este rincón apacible; donde, con pocas cosas que los alteraran, salvo los terrores periódicos de una elección presidencial, todos y cada uno de ellos habían obtenido una nueva prórroga de existencia.
Aunque de ningún modo eran menos propensos que sus semejantes a la vejez y a la enfermedad, poseían evidentemente algún talismán que mantenía a la raya a la muerte. A dos o tres de ellos, según me aseguraron, al ser gotosos y reumáticos, o quizás postrados en cama, ni se les pasaba por la cabeza presentarse en la aduana durante gran parte del año; sino que, tras un invierno torpemente aletargado, salían arrastrándose al cálido sol de mayo o junio, cumplían perezosamente con lo que llamaban su deber y, a su propio ritmo y conveniencia, volvían a la cama.
Debo declararme culpable del cargo de haber acortado el aliento oficial de más de uno de estos venerables servidores de la república. Se les permitió, por intervención mía, descansar de sus arduas labores y, poco