que había habido deliberación respecto a usted en el consejo. Se debatió si acaso, con seguridad para el bienestar público, dicha letra escarlata podía ser retirada de su pecho. ¡Por mi vida, Hester, le supliqué al respetable magistrado que se hiciera de inmediato!”.
—No está en manos de los magistrados quitar esta insignia —replicó con calma Hester—. Si fuera digna de librarme de ella, se caería por su propia naturaleza, o se transformaría en algo que expresara un sentido distinto.
—Pues bien, llévala, si te sienta mejor —replicó él—. Una mujer ha de seguir necesariamente su propio capricho en lo que toca al adorno de su persona. ¡La letra está alegremente bordada y luce de maravilla sobre tu pecho!
Todo este tiempo, Hester había estado mirando fijamente al anciano, y se sintió tan conmovida como asombrada al advertir el cambio que se había operado en él durante los últimos siete años. No era tanto que hubiera envejecido; pues aunque las huellas del avance de los años eran visibles, llevaba bien su edad y parecía conservar un vigor tenaz y una gran agudeza. Pero el antiguo aspecto de hombre intelectual y estudioso, calmado y tranquilo, que era el que ella mejor recordaba en él, había desaparecido por completo, siendo sucedido por una mirada ansiosa, escrutadora, casi feroz, aunque cuidadosamente disimulada. Parecía ser su deseo y su propósito enmascarar esta expresión con una sonrisa; pero esta última le jugaba una mala pasada y parpadeaba sobre su rostro con tanta burla que el espectador podía percibir su negrura aún mejor gracias a ello. De vez en cuando, además, surgía un destello de luz roja de sus ojos; como si el alma del anciano estuviera en llamas y siguiera ardiendo