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nydus/The Scarlet LetterPublic
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La aduana

Pronto, asimismo, mi viejo pueblo natal se alzará ante mí a través de la bruma del recuerdo, una neblina que lo envuelve y lo acecha; como si no fuera parte de la tierra real, sino un pueblo gigantesco en el país de las nubes, con habitantes meramente imaginarios para poblar sus casas de madera, y recorrer sus sencillas calles, y la prosaica y poco pintoresca extensión de su calle principal.

De aquí en adelante deja de ser una realidad de mi vida. Soy ciudadano de alguna otra parte.

Mis buenos conciudadanos no me echarán mucho de menos; porque —aunque ha sido uno de mis objetivos más caros, en mis esfuerzos literarios, tener cierta importancia a sus ojos y ganarme un grato recuerdo en esta morada y sepultura de tantos de mis antepasados— nunca ha existido para mí el ambiente propicio que un literato necesita para madurar la mejor cosecha de su mente. Lo haré mejor entre otros rostros; y estos rostros familiares, huelga decirlo, se apañarán muy bien sin mí.

Puede ser, sin embargo —¡oh, idea arrebatadora y triunfante!—, que los bisnietos de la raza actual piensen a veces con afecto en el escribidor de días pretéritos, cuando el anticuario del porvenir, entre los lugares memorables de la historia de la ciudad, ¡señale la ubicación de la Bomba del Pueblo!

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