En cuanto a charla literaria, es verdad, el Oficial Naval —un excelente muchacho, que entró en funciones conmigo y salió solo un poco después— a menudo me entablaba conversación sobre alguno de sus temas favoritos, Napoleón o Shakespeare. El empleado subalterno del Administrador también —un joven que, según se rumoreaba, de vez en cuando cubría una hoja de papel de cartas del Tío Sam con lo que (a la distancia de unas pocas yardas) se parecía mucho a la poesía— solía hablarme de vez en cuanto de libros, como de asuntos con los que yo posiblemente estuviera familiarizado. Esto era todo mi trato letrado; y era bastante para mis necesidades.
Sin buscar ya ni importarme que mi nombre fuera pregonado a los cuatro vientos en las portadas de los libros, sonreí al pensar que ahora gozaba de otra clase de popularidad.
El marcador de la Aduana lo imprimía, con una plantilla y pintura negra, en sacos de pimienta, cestas de achiote, cajas de puros y fardos de toda clase de mercancías gravadas, como testimonio de que dichos productos habían pagado el impuesto y pasado regularmente por la oficina.
Transportado en tan extraños vehículos de fama, el conocimiento de mi existencia, en la medida en que un nombre lo transmite, llegó a lugares donde nunca antes había estado y, espero, no volverá a ir jamás.
Pero el pasado no estaba muerto.
Una que otra vez los pensamientos que habían parecido tan vitales y tan activos, y sin embargo habían sido acallados con tanta calma, volvían a revivir. Una de las ocasiones más notables en que el hábito de los días pretéritos despertó en mí fue aquella que hace que entre dentro de los cánones de la decencia literaria ofrecer al público el boceto que ahora escribo.