Esa última palabra brotó con el hálito moribundo del ministro. La multitud, silenciosa hasta entonces, prorrumpió en una extraña y profunda voz de asombro y maravilla, que aún no podía encontrar expresión, salvo en este murmullo que rodaba tan pesadamente tras el espíritu difunto.
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XXIII. La revelación de la letra escarlata
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