comprendido entre la belleza silvestre de un bebé campesino y la pompa, en miniatura, de una princesa infanta. A través de todo ello, sin embargo, había un rasgo de pasión, una cierta intensidad de tono, que jamás perdía; y si, en cualquiera de sus transformaciones, se hubiera vuelto más desvaída o más pálida, habría dejado de ser ella misma; ¡ya no habría sido Pearl!
Esta mudanza exterior indicaba, y no expresaba con exceso, las diversas propiedades de su vida interior. Su naturaleza parecía poseer profundidad, además de variedad; pero —o si no los temores de Hester la engañaban— carecía de referencia y adaptación al mundo en el que había nacido. No era posible someter a la niña a las reglas. Al darle la existencia, se había quebrantado una gran ley; y el resultado era un ser cuyos elementos eran acaso hermosos y brillantes, mas todos estaban en desorden; o con un orden propio y peculiar, en medio del cual el punto de variedad y disposición era difícil o imposible de descubrir.
Hester solo podía explicarse el carácter de la niña —y aun así de un modo muy impreciso e imperfecto— recordando cómo había sido ella misma durante aquel periodo trascendental en que Pearl iba absorbiendo su alma del mundo espiritual, y su estructura corporal de la materia de la tierra. El estado apasionado de la madre había sido el medio a través del cual se transmitieron al feto los rayos de su vida moral; y, por muy blancos y nítidos que fueran en su origen, habían adquirido las profundas manchas de carmesí y oro, el brillo fogoso, la sombra negra y la luz desmedida de la sustancia interpuesta.
Por encima de todo, la lucha del espíritu de Hester, en aquella época, se perpetuaba en Pearl. Podía reconocer su talante salvaje, desesperado y desafiante, la inestabilidad de su genio e incluso algunas de las mismísimas formas nubosas de melancolía y desánimo que se habrían cernido sobre su corazón. Ahora estaban iluminadas por el fulgor