«Puede haber, si no presagio mal, ningún poder, salvo la misericordia divina, capaz de revelar, ya sea mediante palabras pronunciadas, o por medio de signos o emblemas, los secretos que puedan quedar sepultados en el corazón humano. El corazón que se hace culpable de tales secretos debe forzosamente guardarlos hasta el día en que todas las cosas ocultas sean reveladas. Ni he leído ni interpretado yo las Sagradas Escrituras de modo que entienda que la revelación de los pensamientos y hechos humanos, que entonces habrá de hacerse, esté destinada a formar parte de la retribución. Eso, sin duda, sería una visión superficial de ello. No; estas revelaciones, a menos que me equivoque grandemente, tienen por único fin promover la satisfacción intelectual de todos los seres inteligentes que aguardarán en pie, en ese día, para ver cómo se aclara el oscuro problema de esta vida. El conocimiento de los corazones de los hombres será necesario para la solución más completa de ese problema. E imagino, además, que los corazones que guarden tan miserables secretos como los de que habláis los entregarán en ese último día, no con repugnancia, sino con un gozo
—Entonces, ¿por qué no revelarlos aquí? —preguntó Roger Chillingworth, mirando discretamente de soslayo al ministro—. ¿Por qué los culpables no han de aprovechar cuanto antes este inefable consuelo?
—Casi siempre es así —dijo el clérigo, apretándose con fuerza el pecho como si sufriera un doloroso y acuciante latido—. Muchos, muchísimos pobres infelices me han confiado sus secretos, no solo en el lecho de muerte, sino en la plenitud de la vida y con la reputación intacta. Y siempre, tras una confesión semejante, ¡oh, qué alivio he presenciado en esos hermanos pecadores!, semejante al de aquel que por fin respira aire